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¿EXISTE UNA MÚSICA PROPIAMENTE COLOMBIANA?

Territorio, mestizaje y la ilusión de lo “puro”

La pregunta por lo “genuinamente colombiano” en la música parece simple, pero en realidad abre una de las discusiones más complejas de la cultura latinoamericana. ¿Es el vallenato? ¿La cumbia? ¿El bullerengue? ¿El porro? ¿O ninguno de ellos lo es del todo? La dificultad para responder no es una debilidad del análisis, sino su punto de partida: Colombia no nace de una sola raíz, sino de una superposición de territorios, pueblos, violencias y adaptaciones.

Desde esta perspectiva, la música colombiana no puede definirse por el origen “puro” de sus ritmos, sino por los procesos de transformación local que esos ritmos experimentaron en el territorio.


El problema de la pureza: un error común

Muchos ritmos que hoy llamamos colombianos tienen antecedentes africanos, europeos o indígenas. La cumbia existe en buena parte de América Latina; el vallenato comparte estructuras narrativas con tradiciones hispánicas; el porro dialoga con bandas militares europeas; el bullerengue remite a rituales afrodescendientes del Caribe.

Entonces, ¿qué los vuelve colombianos?

Aquí conviene introducir a Eric Hobsbawm, quien explica que las culturas nacionales no se basan en tradiciones puras, sino en tradiciones inventadas, es decir, prácticas que se consolidan históricamente como propias a través del uso, la repetición y la identificación colectiva. Lo genuino no es lo originario, sino lo apropiado y resignificado.


Territorio y diferenciación: cuando el ritmo “echa raíces”

La cumbia es un buen ejemplo. Existe en México, Perú, Argentina y otros países, pero no suena igual. La cumbia colombiana se formó en un territorio específico: el Caribe fluvial, el río Magdalena, el calor, la noche, la fiesta colectiva y el diálogo entre tambor, flauta y canto responsorial.

Siguiendo a Bruno Nettl, un ritmo se vuelve propio cuando se territorializa: cuando se adapta al clima, al cuerpo local, a los materiales disponibles y a las formas de sociabilidad. No es el nombre del ritmo lo que define su identidad, sino su modo de habitar el espacio y el tiempo.

Por eso, aunque la cumbia circule por toda América Latina, su versión colombiana no es una copia: es una matriz.


El cuerpo como criterio de identidad

Otra clave para entender lo propio está en el cuerpo. John Blacking sostiene que la música es acción social corporalizada. Cada sociedad mueve el cuerpo de manera distinta, y ese movimiento se inscribe en el ritmo.

El bullerengue, por ejemplo, no puede separarse del cuerpo femenino, del canto liderado por mujeres mayores, del círculo, del suelo, del tiempo lento pero insistente. Aunque existan cantos similares en otros lugares, esa combinación específica de cuerpo, género, edad, espacio y función social es profundamente territorial.

Aquí lo colombiano no es una melodía, sino una forma de estar juntos.


Instrumentos, técnica y mestizaje material

Desde la organología, Curt Sachs y André Schaeffner muestran que los instrumentos reflejan relaciones sociales. El tambor afrodescendiente, la gaita indígena y la herencia europea conviven en la música colombiana sin fusionarse del todo. No se trata de una síntesis armoniosa, sino de una coexistencia tensa.

Esto es crucial: lo colombiano no es una mezcla homogénea, sino una superposición de capas que no se disuelven entre sí. En la cumbia, por ejemplo, el tambor no “acompaña” a la flauta: dialoga con ella desde otra lógica cultural.


Cuando la pregunta se vuelve política

Aquí aparece la dimensión más cruda. Theodor W. Adorno y Jacques Attali advierten que definir qué música representa a una nación nunca es inocente. Elegir el vallenato “clásico” como símbolo nacional, o convertir la cumbia en marca país, implica excluir otras músicas, otros cuerpos y otros territorios.

La pregunta “¿qué es lo colombiano?” no es solo cultural: es una disputa por el poder simbólico. Muchas músicas fueron marginalizadas antes de ser exaltadas; muchas fueron blanqueadas, urbanizadas o domesticadas para ser aceptadas como “nacionales”.

En este sentido, lo colombiano no es un hecho cerrado, sino un campo de disputa permanente.


Entonces, ¿qué es lo genuino?

Lo genuinamente colombiano no es un ritmo específico, sino un modo de transformación:

  • Ritmos que vienen de lejos,
  • que se encuentran en un territorio fragmentado,
  • que se adaptan al cuerpo local,
  • que dialogan entre culturas sin anularse,
  • y que sobreviven a la violencia, al mercado y al olvido.

Colombia no produce músicas puras; produce músicas mestizas, conflictivas y vivas.


Cierre

Tal vez la pregunta correcta no sea “¿qué música es realmente colombiana?”, sino: ¿qué músicas han logrado expresar la experiencia de habitar este territorio?

Ahí caben la cumbia, el bullerengue, el porro, el vallenato —y muchas más— no como esencias, sino como procesos.


Frase final

Lo colombiano no está en el origen del ritmo, sino en la forma en que el territorio lo transforma y lo hace suyo.

Si quieres, puedo:

  • Profundizar solo en la cumbia como caso paradigmático
  • Comparar bullerengue, porro y vallenato desde territorio y cuerpo
  • Llevar esto a un enfoque más político y duro, como sugería Vivi

Dime hacia dónde seguimos.

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